¡Gracias, Poncho, luchador incansable por la comunidad migrante de Tucson!

Liliana López Ruelas
Ildefonso "Poncho" Chávez, fue un impulsor incansable de la comunidad latina de Tucson y defensor de los migrantes. Murió el 13 de enero de 2026. Foto cortesía de Jennifer Cervantes.

Hace unas semanas, Poncho, como se le conocía a Ildefonso Chávez, sorprendió a su amada Rebeca Cartes con un regalo: un vuelo a Chile para que pasara unos meses con su familia. Le dijo que él la alcanzaría allá en un mes. Tan dedicado a ella como a todos, empacó él mismo las maletas de Rebeca y la llevó al aeropuerto.

Poncho, un hombre comprometido con ayudar a la comunidad migrante y emprendedora de Tucson, no pudo cumplir esa última promesa. Solo unos días después de que ella se fue a Chile, él también partió. Poncho murió la mañana del martes 13 de enero en un hospital de Tucson por complicaciones cardíacas. Tenía 72 años.

“Íbamos platicando”, recuerda Rebeca de ese último trayecto juntos en el carro, mientras Poncho conducía al aeropuerto.

“Bueno, él dándome instrucciones: ‘cuando llegues, no te olvides de tus medicinas. Dales saludos a todos. La ropa que más te gusta está en la maleta chica. Le gustaba tener su mano en todo”, dice Rebeca, riendo, en llamada telefónica desde Chile un día antes de volver a Tucson para los servicios fúnebres de su compañero de vida.

Poncho será velado el jueves 22 de enero a las 6 p.m. en Ministerios Zoe. El viernes 23, el día en que Poncho cumpliría 73 años, se celebrará una misa en su honor a las 11 a.m. en Our Lady of Fatima Parish.

Y el sábado 24 habrá una Celebración de Vida en La Indita Mexican Restaurant a las 11 a.m., un lugar que Poncho frecuentaba con amigos de la comunidad de activistas y voluntarios a favor de los derechos de los migrantes.

Poncho era originario de Monterrey, México. Además de su pareja, le sobreviven tres hijos de su primer matrimonio, Ítalo, Ileana e Isaac, y dos nietos directos. Pero, en realidad, el Tato Poncho, como le decían de cariño en casa, tenía cinco nietos, incluidos los dos nietos y un bisnieto de Rebeca, quien tiene dos hijos. “Somos una familia grande”, suelta Rebeca, en un tono que encierra orgullo y nostalgia.

Poncho no solo era querido en Tucson. También en Chile, país que visitó con Rebeca. El viernes 16 de enero, la familia de ella se reunió para acompañarla y celebrar una misa privada en honor a Poncho.

“Mi familia lo quiso mucho”, dice Rebeca. “Tengo un primo que es sacerdote, y toda la familia quiso tener una misa en casa, donde estuviéramos todos. Cantamos y rezamos. Yo no soy muy religiosa, pero estuvo muy lindo”.

Impulsor de grandeza

Miles de personas en Tucson conocieron a Poncho a través de la Certificación de Negocios que diseñó y dirigió durante 13 años en el Colegio de Administración Eller de la Universidad de Arizona. El programa se ofrecía dos veces al año, una en inglés y otra en español.

“Su propósito era empoderar a la comunidad migrante que tal vez no sabía que tenía todas esas capacidades de sobrevivir en este país”, dijo Alba Jaramillo, abogada migratoria y activista por los derechos humanos, una de las amigas más cercanas de Poncho.

Rebeca recuerda que cuando Poncho iba a iniciar el programa para emprendedores, después de dedicarse devotamente a planear todos los temas que incluiría, se preguntó: “¿Y ahora qué hago? ¿Cómo consigo a los estudiantes?”. “Anótame a mí”, se ofreció ella.

Luego, “el Poncho recorrió a pie todos los negocios, especialmente restaurantes mexicanos del sur de Tucson”, invitando personalmente a los comerciantes a ser parte de la certificación.

Para participar, Poncho no pedía papeles, ni estudios, ni nada. “Lo único es que tuvieran un sueño, una idea”, dice Rebeca.

La cabeza y el centro de todo

A lo largo de los años, el programa contó con patrocinadores como los bancos Chase y Wells Fargo, con el apoyo de la facultad del Colegio Eller y con aliados constantes como el Consulado de México en Tucson y UNAM Tucson.

Cada año, las clases llenaban un auditorio grande en Eller. La última generación dirigida por Poncho se graduó el 2 de diciembre de 2025. “Empezó con una persona: yo”, recuerda Rebeca, “y en la última tuvo 260”.

Poncho Chávez
Poncho Chávez en una de las clases de la Certificación de Negocios que él mismo diseñó y dirigió por 13 años en el Colegio Eller de la Universidad de Arizona para ayudar a empresarios latinos de Tucson a prepararse. Foto cortesía de Jennifer Cervantes.

Algunos estudiantes repetían la certificación o la tomaban una vez en español y otra en inglés.

Uno de ellos es Jersain Galindo, propietario de Phone Repair Mobile Services. Jersain se estaciona casi todos los días con su autobús escolar transformado en negocio en una esquina de la Cámara de Comercio Hispana de Tucson, en el área de la universidad.

Jersain dice que Poncho también se estacionaba ahí todos los días para ir a trabajar al Colegio Eller, donde era director del Programa de Desarrollo Económico del McGuire Center for Entrepreneurship.

“Se bajaba del carro y, si no nos veíamos abajo, se acercaba a saludar, a preguntar cómo estaba”, cuenta Jersain. Dice que soñaban juntos con crear una gran expo de negocios que incluyera a todos los egresados de las certificaciones organizadas por Poncho.

José Guerra, propietario de GF Marketing and Consulting, también pasó por las clases de Poncho. “Era impresionante cómo Poncho ponía su mano en todo lo que pasaba en el curso”, dice José. “Él era la cabeza y el centro de todo”.

Y así, Poncho hizo infinidad de amigos a través de la Certificación, como Daniel Contreras, conocido como “El Güero Canelo“, Ramón Makazani, propietario de Ramon´s Automotive, y Ramón Torres, conductor de televisión local. Los tres eran constantes en las celebraciones de fin de curso de la Certificación.

“Yo le decía, ‘ya, Poncho, busca a otro; hay mucha gente que puede hablar ahí'”, dice Ramón Makazani, quien también acompañaba a Poncho en labores altruistas. “‘Sí, pero tú cuentas chistes’, me decía. Nunca le podía decir que no”.

En cada generación se creaba un grupo de WhatsApp para que las y los emprendedores se mantuvieran en contacto. Todos esos grupos, algunos que habían estado en silencio por semanas o meses, empezaron a sonar el martes 13 de enero.

“Con pesar les pregunto si alguien puede confirmar. Me están preguntando si sé del fallecimiento de Poncho Chávez”, escribió en uno de los grupos Margarita Camarena, propietaria de un negocio de cuidado de adultos mayores. “Dios quiera y no sea cierto”.

“Su gran pasión era ayudar a la comunidad hispana”, escribió unas horas después Pedro Ávila, dueño de Gentlemen’s Choice Barber Shop, en el grupo de WhatsApp creado en 2022.

El servidor más humilde

Además de la administración, los negocios y la enseñanza, Poncho tenía otras dos pasiones: el servicio comunitario, especialmente en favor de las personas migrantes, y la cocina. Dicen que hacía las mejores tortillas de maíz y que las reuniones en su casa eran un festín.

Rebeca aún recuerda la primera vez que Poncho puso una hornilla en la estufa y empezó a hacer tortillas: “Me hizo una quesadilla riquísima”.

Poncho y Rebeca se conocieron en 2011 dejando agua en la frontera para los migrantes que intentaban cruzar el desierto, algo que ambos hicieron por muchos años, entre otras muchas formas de ayuda que brindaban. El día en que se conocieron iban con organizaciones diferentes, pero “nos gustamos, empezamos a vernos y a hacer más trabajo voluntario”, narra Rebeca. “Coincidimos en un montón de cosas”.

Rebeca es artista, exiliada chilena rescatada de la dictadura militar en 1973 y traída a Estados Unidos. Toca varios instrumentos, canta y hace teatro.

Poncho Chávez
En esta foto se aprecia a Poncho Chávez (centro) con su pareja, la artista chilena Rebeca Cartes (izq.). Foto cortesía de Jennifer Cervantes.

La última vigilia

Cinco días antes de morir, Poncho asistió, como cada jueves, a la junta de la Coalición de Derechos Humanos en el Global Justice Center. Ahí se reúnen semanalmente voluntarios de grupos comunitarios para coordinar su labor en defensa de los migrantes. Era una noche gris, lluviosa y fría.

Ese día, uno después de que un oficial del ICE matara a tiros a la observadora Renee Good en Minneapolis, la temperatura máxima en Tucson no superó los 60 grados Fahrenheit.

Después de la reunión, Poncho y decenas de personas participaron en una vigilia en El Tiradito, un viejo altar que es parte de la cultura popular de Tucson, para recordar a quienes han muerto intentando migrar o a manos del ICE o bajo su custodia. Alba Jaramillo recuerda haberle dicho: “Poncho, ¿qué haces aquí? Está muy frío, deberías estar en tu casa”. Ya se le veía un poco enfermo y tenía procedimientos cardíacos pendientes. “Alba”, le respondió él, “tú sabes que no me pierdo El Tiradito”.

Alba cuenta que aunque a veces no iba mucha gente a la vigilia, Poncho no faltaba ni ahí ni a las juntas de Derechos Humanos. “Nadie más creo que tuvo ese compromiso tan grande para los migrantes”, dice.

Alba y Poncho eran compadres, cofundadores y socios del Teatro Dignidad, una compañía teatral enfocada en llevar al escenario historias de migración y derechos humanos. Lo abrieron hace siete años.

Poncho con un grupo de entrañables amigos activistas y voluntarios de organizaciones defensoras de los derechos de los MIGRANTES. Hasta la izquierda, Alba Jaramillo, su comadre y socia, al lado de Poncho Chávez. Foto cortesía de Jennifer Cervantes.

Él estaba activo “todos los días, todas las semanas, en todas las producciones”, dice Alba. “Entre él y yo hemos movido el Teatro Dignidad”.

Poncho llevaba la contabilidad y la planeación estratégica del teatro y de muchas otras organizaciones sin fines de lucro de Tucson de forma voluntaria.

Aunque en la cocina de su casa y en las certificaciones de negocios Poncho era siempre alegre, dicharachero y sarcástico, en el activismo su estilo era callado. “A pesar de ser un gran orador, siempre le pasaba el micrófono a alguien más”, dice Alba.

Era la persona más humilde de todos los activistas que he visto en mi vida”.

Alba Jaramillo, abogada, activista y amiga de Poncho.

Él quería que los demás encontraran su propio valor y desarrollaran su liderazgo. Soñaba con que esta ciudad, este estado y esta nación fueran liderados por personas latinas.

“Él siempre me decía, ‘Alba, quiero que corras para el Congreso o para el City Council’. Yo nunca he querido eso, pero él decía: ‘necesitamos a nuestra gente, que sean líderes, que lideren a este país’. En cuanto conocía a la gente, veía inmensas oportunidades para ellos. De una junta con Poncho salían transformados, porque Poncho les ayudaba a ver su propia fuerza, su propio poder, su propio talento”, dice Alba.

Quizá Poncho Chávez salió del Tiradito esa noche del 8 de enero sintiéndose físicamente débil; no lo sabemos. Lo que sí podemos afirmar es que su compromiso con los migrantes nunca flaqueó.

En palabras de Alba, “él quería que nuestra comunidad migrante fuera exitosa, y que nadie les dijera que no podían”.

Ahora, seguir ese compromiso nos toca a nosotros, su comunidad.


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Liliana López Ruelas es periodista fronteriza (¡arriba Agua Prieta!), fundadora de Somos Tucson y ex editora de La Estrella de Tucsón. Contáctala en info@somostucson.com o lalopezruelas@gmail.com.
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