Esta nota fue producida con el apoyo de Altavoz Lab como parte de la Guía Migratoria: Del encuentro con ICE a la detención en Arizona.
El cuerpo le temblaba a Joselin Colibrí la primera vez que visitó a personas detenidas en Florence. Su corazón latía cada vez más rápido y con más fuerza.
Antes de cruzar la cerca de alambre de púas y entrar al Centro de Procesamiento de Servicios de Florence, tuvo que calmarse.
“Todo va a estar bien”, se decía a sí misma. “Tú vas a recibir. Tú vas a que la otra [persona] se sienta bien, a que estén tranquilas. Pero tú vas a salir”.
Su cuerpo recordaba el aislamiento y el maltrato que sufrió años atrás, cuando pasó meses en un centro de detención en Nuevo México similar al que visitaba ahora.
Colibrí, de 39 años, residente de Tucson y cuya abogacía se enfoca en los derechos de migrantes, visitó a personas LGBTQ+ detenidas en centros de detención de Arizona en al menos otras cuatro ocasiones antes de que la ansiedad disminuyera, según relató. Seguía con las visitas porque comprendía su importancia para las personas recluidas en una prisión migratoria.
Su presencia allí le daba tiempo para escuchar y permitir que las personas se desahogaran. Salía del centro de detención cargando con el estrés de ellos — a veces agotada, pero también satisfecha de haber podido sacarles una sonrisa y ayudarles a recuperar fuerzas.
“Cuando uno va a una detención y uno va a escucharlas, a ver cómo se sienten, ellas se liberan, liberan todo lo que están sintiendo, lo que han sentido”, dijo. “Uno está escuchando; entonces, el cuerpo y la mente reciben.”
Aquella primera visita tuvo lugar en 2023, cuando colaboraba como voluntaria con Mariposas Sin Fronteras, la organización que la apoyó durante su propia detención en el Centro Correccional del Condado de Cibola, en Nuevo México, en 2017.
Durante su detención — tras entregarse a las autoridades en la frontera de Nogales y sin contar con familiares en EEUU que pudieran visitarla — esperaba con ilusión ver a su abogado y leer las cartas de los voluntarios de Mariposas. Las notas escritas le llenaban de alegría.
“‘Ay, no estoy sola’”, recuerda haber pensado entonces, cada vez que alguien le escribía. “Le da ese ánimo a uno de seguir aguantando”.
Encerrada en el centro, hubo días en los que consideró firmar los papeles de deportación y renunciar a su caso de asilo, especialmente cuando los agentes de inmigración a menudo le decían que nunca saldría de ahí, según relató.
Esas palabras afectaban su salud mental. Las cartas de la comunidad la ayudaron a seguir luchando.
Ahora, como coorganizadora de tiempo completo en Mariposas, Colibrí devuelve el cariño que recibió ese entonces: visita a migrantes, les escribe cartas, habla con ellos por teléfono y los apoya cuando son puestos en libertad. Mariposas Sin Fronteras también ayuda a migrantes LGBTQ+ detenidos, proporcionándoles fondos para la comisaría (para comprar alimentos y artículos de higiene) y ofreciéndoles alojamiento de transición, apoyo en salud mental y asistencia con otras necesidades una vez que quedan en libertad. Todos estos son servicios que Colibrí ayuda a gestionar.
Narda Rivera, también coorganizadora con Mariposas, comentó que ha aprendido a dar un paso atrás y a permitir que Colibrí asuma el liderazgo, y añadió que ha sido una alegría verla asumir ese papel con confianza.
“Su historia sigue siendo un testimonio de esperanza y liberación”, dijo Rivera.
Cuando Colibrí estaba detenida, escribía para escapar, llenando sus páginas con sus metas y esperanzas para el futuro. Ahora, anima a quienes permanecen recluidos en los centros de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) a hacer lo mismo para escapar de la dura realidad que viven.
Colibrí les recuerda a los migrantes que su detención es temporal, que sus mentes son poderosas y que cuentan con apoyo.

De niña tímida a mujer segura
Un lunes reciente, Colibrí llegó a la oficina de Mariposas Sin Fronteras en Tucson. Llevaba puesta una falda negra brillante de cuero sintético, un corsé negro y botas altas de tacón negro. Su cabello rizado de color castaño oscuro enmarcaba su rostro y un toque de rubor rosado resaltaba sus pómulos. Unas pestañas largas y gruesas enmarcaban sus ojos.
Viste de forma audaz, suele usar ropa color rosa y le encanta llevar tacones. Con una estatura de 1.73 metros (5 pies y 8 pulgadas) sin calzado, cuando entra en una habitación con sus botas de tacón alto, su presencia es imponente.
Pero no siempre fue así.
Cuando era niña, era tímida. Sus compañeros de clase le hacían bullying y ella no se defendía. En cambio, salía corriendo y lloraba, y a menudo se desahogaba con su hermana, quien le decía: “‘pero mira, ¡si son unos chiquitos! ¡Pegales tú también!’”
Creció en León, Nicaragua, yendo y viniendo entre la casa de su padre en la ciudad — donde él residía cuando necesitaba buscar más trabajo — y el poblado de su familia, situado a las afueras.
En 2013, la invitaron a solicitar el ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua en León debido a excelentes calificaciones. Sin embargo, cuando le pidieron que firmara unos documentos en los que se comprometía a vestirse como hombre — cortándose el cabello y sin usar maquillaje — sintió que el instituto le rechazaba su identidad como mujer.
Junto con otras mujeres trans, Colibrí organizó una protesta frente a la universidad. Pero la policía ya las esperaba antes de comenzar. Pasaron dos meses en prisión, relató ella. Organizaciones de derechos humanos han documentado testimonios de mujeres trans que afirman haber sido obligadas a cumplir con códigos de vestimenta basados en normas de género impuestos por universidades, incluida la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.
Colibrí también recibió amenazas de muerte por ser trans, contó. Sin educación formativa ni perspectivas laborales, Colibrí abandonó su hogar hace diez años — una decisión difícil pero necesaria, afirmó.

Su viaje al Norte
Mientras viajaba a bordo de “La Bestia” en México en 2016 — los peligrosos trenes de carga que los migrantes suelen utilizar para llegar a Estados Unidos — miembros de un cártel con el rostro cubierto secuestraron a un grupo de migrantes, entre ellos Colibrí. Era su tercer intento por llegar a la frontera entre México y Estados Unidos, tras haber sido deportada de México a Guatemala en dos ocasiones.
El secuestro de migrantes por parte de bandas de crimen organizado se ha vuelto habitual en México con el paso de los años, como lo han demostrado diversas investigaciones periodísticas e informes de derechos humanos. Un informe del Migration Policy Institute publicado en 2021 estimó que entre 72 mil y 120 mil migrantes desaparecieron o fueron víctimas de desaparición forzada en México entre 2006 y 2016.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos de México determinó que entre septiembre de 2008 y febrero de 2009 se registraron al menos 198 casos de secuestro en los que fueron retenidos 9 mil 758 migrantes. Según información proporcionada por las autoridades mexicanas y testimonios de los migrantes afectados, los trenes y las vías férreas solían señalarse como lugares donde se cometían estos secuestros, específicamente en la ruta ferroviaria que los migrantes utilizan para atravesar México hacia la frontera norte.
Los secuestradores exigieron a Colibrí y a los otros migrantes información sobre sus familias, relató. “Armándome de valor, dije: “Me agarré de valor y dije, ‘no pues yo no tengo familia’”, dijo. “Y yo con miedo, pero nomás me ponía seria y les decía, ‘si me van a matar, mátenme’”.
Recordaba lo que su padre solía decirle: “Si no puedes contra el enemigo, únete a él. Si no puedes contra la corriente, déjate llevar. Tú tranquila, que Dios todo provee”.
Tras permanecer cautiva y sufrir abusos durante meses, Colibrí y los otros migrantes fueron finalmente rescatados por las autoridades mexicanas.
Colibrí continuó su viaje hacia EEUU con una caravana de migrantes LGBTQ+ conocida como los “Rainbow 17” (los 17 del arcoíris). El grupo, compuesto por 11 mujeres trans y seis hombres gay — todos originarios de Centroamérica — constituyó la primera “Caravana Trans-Gay Migrante” en cruzar la frontera entre Estados Unidos y México, según el Transgender Law Center.
“Me sentía como una criminal”
El 10 de agosto de 2017, la caravana se entregó a las autoridades en el puerto de entrada Dennis DeConcini, en Nogales. Mientras caminaban por Calle Internacional hacia la frontera, el grupo sostenía una pancarta y coreaba: “¡Que tiemble, que tiemble, que tiemble migración! ¡América unida, una casa, una nación!”.
Fueron detenidos de inmediato por agentes de inmigración.
“Me sentía como una criminal, pero de las peores”, dijo.
Le colocaron esposas en las muñecas, el cuello, la cintura y los tobillos, relató, al agarrarse cada parte de su cuerpo con agresividad, mostrando cómo los agentes la habían arrestado.
Al contar con argumentos sólidos para solicitar asilo, los integrantes del Rainbow 17 pensaron que solo pasarían unos días bajo custodia. Sin embargo, todos fueron enviados a centros de detención en Nuevo México, donde algunos permanecieron recluidos durante meses.
Abogados del Transgender Law Center, con la colaboración del National Immigrant Justice Center, prepararon una solicitud de libertad condicional de 655 páginas para el grupo. Algunos migrantes fueron liberados en dos meses, pero Colibrí y unos cuantos más no corrieron la misma suerte.
En 2017, durante la primera administración del presidente Donald Trump, el USCIS denegó cada vez más las solicitudes de libertad bajo fianza y de libertad condicional (parole) a los solicitantes de asilo, según una carta que organizaciones comunitarias de defensa enviaron al entonces director del ICE, Thomas D. Homan.
Finalmente, Colibrí fue puesta en libertad condicional, aún dentro del país, mientras continuaba luchando por su caso de asilo. Su primer hogar fue Casa Mariposa, gestionada por la organización Mariposas Sin Fronteras en Tucson. Este espacio — que consta de una casa principal y una casita anexa — ha ofrecido a los migrantes LGBTQ+ un lugar seguro donde establecerse tras salir de la detención.
Tras cerrar sus puertas en 2020 debido a la pandemia de COVID-19 y a cambios organizacionales, el programa de vivienda de transición reabrió a principios de este año. Desde enero, cuatro migrantes se han beneficiado del programa de vivienda temporal de Casa Mariposa.
Un martes de julio, Colibrí, su pareja Junior Grande y Flor — una residente de Casa Mariposa que llevaba recién un mes fuera de detención — descargaron muebles donados de la camioneta de Grande. Llevaron mesas, sillas y sofás hasta la habitación trasera, que funciona como oficina improvisada, y los colocaron contra la pared.
Hacia la parte delantera de la casa, tres sofás ocupan el espacio de una sala. A finales de la primavera y durante el verano, la casa principal fue remodelada y amueblada, e instalaron electrodomésticos para prepararla para recibir a nuevos residentes.

Tucson: hogar y pertenencia
Cuando Rivera y Lizbeth Oquita, ambas coorganizadoras de Mariposas, le preguntaron a Colibrí si se animaría a ayudar a reconstruir la organización, ella no dudó en aceptar. Trabajaba a tiempo parcial como operadora en la organización No Más Muertes y colaboraba como voluntaria en Casa Mariposa durante su tiempo libre. Su dedicación la llevó a conseguir un empleo a tiempo parcial y, finalmente, el puesto de tiempo completo que ocupa ahora como coorganizadora.
“Creo que es fundamental contar con organizaciones y coaliciones lideradas por mujeres trans migrantes, porque ellas saben de primera mano qué tipo de apoyo se necesita”, afirmó Rivera. “Y pueden visualizar lo que la liberación significa para todo el colectivo”.
En la primavera de 2026, Rivera comenzó a capacitar a Colibrí para su nueva función. A medida que su rol en Mariposas ha evolucionado, Colibrí ha aprendido a localizar a migrantes LGBTQ+ en el sistema de búsqueda de detenidos de ICE y a depositar fondos en sus cuentas para la comisaría y las comunicaciones.
La voz de Rivera se cortó al hablar de la evolución que ha visto en Colibrí.
“Me sentía extremadamente orgullosa de ella — ver cómo desarrollaba sus capacidades y habilidades”, dijo Rivera. “Es algo maravilloso”.
Hace una década, Colibrí luchaba por vivir libremente y ser sí misma en Nicaragua. A veces le cuesta creer lo lejos que ha llegado en la vida, todo gracias a su propio esfuerzo, la ayuda de Mariposas y el apoyo de personas que ha conocido a lo largo del camino, comentó.
Colibrí también ha aplicado esas habilidades de liderazgo fuera de su trabajo en Mariposas — jugando kickball, una pasión que había dejado de lado al salir de Nicaragua. Hace aproximadamente un año, se unió a una liga LGBTQ+.
Colibrí empezó a jugar kickball a los ocho años. A los 19, dirigía un equipo femenino en Nicaragua y jugaba en un equipo de género mixto. Su talento se visibilizó casi de inmediato cuando empezó a jugar en Tucson, señaló.
Cuando se unió a una liga de Tucson, Colibrí tuvo dificultades para comunicarse debido a su limitado dominio del inglés. Con el tiempo, formó su propio equipo, compuesto mayoritariamente por jugadores queer y trans pertenecientes a comunidades BIPOC (negras, indígenas y de color). El equipo de las Queers Del Desierto ya lleva dos temporadas jugando.
En el banquillo, las conversaciones en inglés y español se mezclan con la música pop y R&B que las Queers Del Desierto reproducen a todo volumen con una bocina pequeña. Algunas de sus compañeras entienden español y ayudan a traducir para el resto de las Queers, el equipo rival y el árbitro.
Dos de las mujeres que actualmente viven en Casa Mariposa se han unido al equipo de Colibrí esta temporada como forma de integrarse en la comunidad y realizar una actividad saludable mientras reconstruyen sus vidas. A diferencia de Colibrí, ellas no están tan familiarizadas con este deporte ni con la práctica deportiva en general.
Un sábado reciente, una de las mujeres, conocida como Leche, se muestra visiblemente nerviosa cuando le toca patear. Colibrí le da algunos consejos y la anima a patear la pelota con confianza. Mientras Leche se dirige a la zona de bateo, Colibrí le grita: “¡Sin miedo! ¡Sin miedo al éxito! ¡Tú puedes!”.
Leche patea el balón y este se eleva. Una jugadora defensiva intenta atraparlo, pero se le cae y Leche logra llegar a primera base. En la siguiente entrada, Colibrí consigue dos de los tres outs, lo que permite que su equipo pase rápidamente al ataque.
“Una luz en su interior”
Colibrí conoció a su pareja, Grande, gracias al kickball. Él, que antes era espectador, ahora forma parte de su equipo.

La notó por primera vez en el campo hace poco más de un año, cuando atrapó un balón elevado durante un partido.
“Corría con fuerza y lo atrapó”, comentó. “Fue algo así como: ‘¡Guau! Tengo que decirle que fue una buena atrapada’, ¿sabes? Así que, después del partido, fui a hablar con ella y el resto es historia”.
Tras ese primer encuentro, fueron conociéndose poco a poco.
“Simplemente vi una luz en su interior”, dijo Grande. “Ella me hacía sonreír mucho. Es divertida, muy divertida”.
Cuando empezaron a conocerse, utilizaban el Traductor de Google para comunicarse. Aún lo hacen, pero con menos frecuencia, comentó él. Grande entiende español, aunque no lo habla con fluidez. Ambos están aprendiendo el idioma del otro.
Cuanto más descubre sobre su pasado, más admiración siente, dijo Grande. A pesar de todo lo que ha vivido, él ha visto a Colibrí seguir adelante con humor y una actitud positiva.
“Su mensaje siempre fue muy claro: nunca rendirse y entender que la vida es lo que uno hace de ella”, señaló Grande. “Creo que eso fue lo que conectó conmigo, porque yo intento mantener esa actitud y perspectiva optimistas, pero ella realmente vive de esa manera”.
El optimismo de Colibrí ha impulsado a Grande a seguir trabajando en sí mismo. Comentó que resulta inspirador ver cómo se mantiene informada sobre los acontecimientos mundiales sin perder ese positivismo.
Su dedicación a ayudar a migrantes y a personas que le importan también es una fuente de inspiración, añadió Grande. Él ha sido testigo de cómo ella responde llamadas a altas horas de la noche y ayuda a otros a superar situaciones personales, siempre brindándoles apoyo y animándolos a salir adelante.
El amor que ella siente por los demás es incondicional, afirmó Grande; algo que él mismo admite estar aprendiendo a comprender.
“Ella nunca pierde la fe en las personas”, dijo. “Siempre mantiene la esperanza de que saldrán de la situación que atraviesan. Así que es una forma hermosa de vivir”.
“Es una guerrera, una mariposa”
A medida que las operaciones migratorias se han tornado más agresivas en los últimos dos años, ha resurgido parte de la ansiedad que Colibrí sentía cuando empezó a visitar las prisiones migratorias. Dejó de visitar los centros en Eloy y Florence en abril, por temor a ser detenida a pesar de su estatus protegido. Colibrí obtuvo el asilo en 2019 y recibió un permiso de trabajo en 2020, pero aún no ha recibido su tarjeta de residencia permanente.
Tras enterarse de que Karla Saenz, una activista migrante trans de Phoenix, fue detenida en marzo y permaneció recluida en el Centro de Detención de Eloy durante más de un mes, Colibrí decidió seguir el consejo de su abogado y apoyar a los migrantes LGBTQ+ detenidos desde afuera de los centros.
Sin embargo, espera volver a visitar pronto, comentó.
“Me siento empoderada, levantando mi voz y las voces de los que están adentro”, afirmó. “Yo voy a seguir yendo a detención aunque sienta miedo, porque siento esa responsabilidad, porque tengo que seguir peleando, seguir dando guerra porque, si uno calla, es cuando más los oprimen”.
Por ahora, Colibrí organiza talleres de redacción de cartas y apoya a quienes viven temporalmente en Casa Mariposa tras ser puestos en libertad.
Cuando las personas se instalan en el hogar, Colibrí las acompaña a las citas de ICE y al Centro de Salud Comunitaria El Rio para recibir atención médica. Les enseña a usar el transporte público de Tucson para que puedan explorar la ciudad con seguridad. Y, lo más importante, las anima a salir al aire libre para evitar caer en pensamientos depresivos.
Tras salir del centro de detención, Colibrí sintió mucha ansiedad. Se encerraba en su habitación y le costaba conciliar el sueño. Conoce bien el impacto que la detención tiene en la salud mental de una persona, por lo que busca evitar que otras personas caigan más profundamente en la depresión una vez que están afuera.
“Lo estoy haciendo con entusiasmo y con amor porque yo estuve ahí y se siente feo”, dijo Colibrí sobre el trabajo que hace.
Poco después de que Flor se mudara allí, Colibrí la llevó a hacer una caminata por el cerro Tumamoc, en Tucson.
Al llegar a la cima, le dijo a Flor: “Pega un grito duro”. Quería que Flor liberara todo lo que había contenido mientras estuvo detenida.
Unas semanas después de su liberación, Flor entró en la sala para hablar con Colibrí. Con un tono maternal, la organizadora de Mariposas le recordó a Flor que debía avisar antes de salir de la casa; no porque quisiera controlar sus acciones, aclaró, sino porque, si algo malo sucediera, ella necesitaba poder ayudarla.
“Eres libre, pero tienes que cuidarte”, le dijo.
Colibrí practica el autocuidado a diario y está aprendiendo a meditar. Baila Zumba en casa, pasea por Tucson con su pareja, asiste a cursos de liderazgo y empoderamiento, estudia inglés y se centra en alcanzar sus metas personales.
Rivera dijo sentirse “honrada de ser testigo” de cómo Colibrí prioriza su desarrollo personal y se siente agradecida de conocerla y trabajar junto a ella.
“Es una guerrera”, dijo Rivera sobre Colibrí. “Una mariposa”.
Del encuentro con ICE a la detención: Una guía de recursos en Arizona es un proyecto encabezado por la periodista Stephanie Casanova en colaboración con Somos Tucson, CALÓ News y Altavoz Lab, una organización dedicada a impulsar el trabajo de periodistas comunitarios.