Este proyecto fue publicado en colaboración con Arizona Luminaria y contó con el apoyo del Pulitzer Center.
Gabriela Torres Luna observa el montón de anuncios políticos y propaganda electoral que recibió por correo unas dos semanas antes de las elecciones intermedias. Entre los folletos de campaña, con nombres y rostros que no reconoce, hay un sobre grueso de color verde claro con su propio nombre impreso. Toma el sobre del Condado de Pima, desliza su dedo por debajo del doblez y saca algo que nunca antes había visto: una boleta electoral de Estados Unidos.
Gabriela está sentada frente a la mesa del comedor de su casa, en el lado sur de Tucson, donde vive con su mamá, sus dos hijos y su hermano. Su abuela, de 91 años, está de visita desde Sonora, México, y borda en la sala.
Esta no es la primera boleta que recibe Gabriela, de 43 años. Un año antes, poco después de convertirse en ciudadana estadounidense por naturalización y registrarse para votar, Gabriela cuenta que recibió una boleta para unas elecciones locales.
Ni siquiera abrió el sobre.
Tiempo después, una compañera de trabajo del Distrito Escolar Unificado de Tucson (TUSD, por sus siglas en inglés) le preguntó si había votado.
“Me regañó. ‘Tienes que votar’, me dijo. Pero yo no sé votar. No sé cómo se hace”, cuenta Gabriela en español. “Me llegó un sobrecito verde por correo y no sabía qué hacer con él”.
Es común que los inmigrantes que recientemente se hicieron ciudadanos tengan dificultades para votar. Factores como las limitaciones del idioma hacen que el proceso se convierta en una responsabilidad cívica aún más intimidante, dijo Lisa García Bedolla, profesora de Educación de la Universidad de California, en Berkeley.
“La primera vez que votas en un sistema nuevo es bastante complicado”, dijo García Bedolla. “O puede parecer complicado, en el sentido de no saber cómo es el proceso”.
Gabriela llegó a Arizona desde Cananea, Sonora, ubicada a solo unos 61 kilómetros (38 millas) al suroeste de Naco, una pequeña ciudad fronteriza cuyo puerto de entrada es utilizado frecuentemente por personas que viajan a Tucson. Tenía 28 años y estaba comprometida con un ciudadano estadounidense. Estuvieron casados durante seis años y tuvieron dos hijos antes de divorciarse en 2018.
Ella había sido residente legal permanente desde 2013 y tenía una de las llamadas tarjetas verdes (green card). El segundo mandato del presidente Donald Trump la motivó a finalmente buscar la ciudadanía.
El año pasado, su hijo, que entonces tenía 10 años, le preguntó: “Mamá, ¿tienes papeles? ¿No te va a deportar Trump?”.
Gabriela le respondió que no se preocupara, que ella tenía la residencia permanente. La realidad era que estaba a punto de vencer.
“O la renovaba o aplicaba por la ciudadanía. Así con mi inglés básico. Ni modo”, recuerda haber pensado, “nos aventamos”.
Era julio de 2025. “A como estaba (la situación) con el señor presidente … dije ‘no, o sea, antes de que suceda algo, por mis hijos o por lo que sea’, dije, ‘prefiero hacer la ciudadanía’”, recuerda Gabriela.
Lo hizo discretamente. No tenía dinero para pagarle a alguien que llenara sus papeles, así que ella misma preparó la solicitud. El día que pasó el examen, llamó a su mamá, quien estaba con sus hijos, y entre lágrimas le dio la noticia.
“Mamá, ya no te van a deportar”, le dijo su hijo.
El día de su ceremonia de naturalización, Gabriela, sus hijos y su mamá fueron a un restaurante de Tucson para celebrar. Después, dejó a su familia en casa, manejó hasta una oficina de la División de Vehículos Motorizados (MVD, por sus siglas en inglés) para actualizar su licencia de conducir y, de paso, quitarse el apellido de su exesposo.
También se registró para votar.
Gabriela cuenta que solo votó una vez cuando vivía en México. No confiaba en el sistema electoral. “Porque dices, ‘¿para qué voy a votar? Si de todas maneras van a ganar fulanito de tal’”, dice.
En Estados Unidos no siente la misma desconfianza hacia el voto. Considera que aquí “es mucho más justo”.
Al igual que Gabriela, aproximadamente un millón de adultos hispanos se convirtieron en ciudadanos estadounidenses por naturalización entre 2022 y 2026 y ahora tienen la oportunidad de ejercer su derecho al voto, según un informe reciente del Pew Research Center. La naturalización es el proceso mediante el cual los residentes permanentes legales que cumplen con los requisitos de tiempo de residencia y otras condiciones se convierten en ciudadanos estadounidenses y prestan Juramento de Lealtad (Oath of Allegiance, en inglés) a Estados Unidos.
Antes de las elecciones presidenciales de 2024, campañas de todo el espectro político compitieron por el voto latino de Arizona, que representaba aproximadamente una cuarta parte de los votantes elegibles del estado, considerado clave por su carácter competitivo. Los votantes latinos eran más jóvenes que el electorado en general. También figuraban entre quienes tenían las tasas más altas de participación en la fuerza laboral. Casi la mitad, el 50%, era bilingüe, según un informe de 2024 del Instituto de Política y Políticas Latina de UCLA.
Sin embargo, se puso menos atención a los casi uno de cada cinco votantes latinos elegibles para votar en Arizona que eran ciudadanos naturalizados. Esa proporción era superada únicamente por la de los votantes asiáticos y de las islas del Pacífico, según el informe.
“Los ciudadanos recién naturalizados podrían necesitar más apoyo para comprender y participar en el proceso electoral de Estados Unidos”, señala el informe.
Los estudios muestran que el camino hacia la ciudadanía puede resultar económicamente inaccesible, consumir mucho tiempo y ser confuso para muchos inmigrantes.
Superar esas barreras y convertirse en ciudadano naturalizado es apenas el primer paso para llegar a las urnas.
Expertos en política y elecciones señalan que entre los obstáculos para votar se enumeran: entender cómo registrarse, comprender las propuestas electorales y las contiendas en juego, así como disponer del tiempo necesario para llenar y enviar una boleta por correo o acudir a las urnas.
A las preocupaciones de los nuevos ciudadanos registrados para votar, como Gabriela, se suma una ola de acusaciones infundadas durante la administración Trump sobre un supuesto fraude generalizado relacionado con el voto de personas que no son ciudadanas estadounidenses.
Las advertencias también han llegado del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que anunció que desplegará observadores en todo el país durante las elecciones intermedias. La agencia federal envió observadores a los condados de Pima, Maricopa y Apache durante las elecciones primarias de julio, como lo ha hecho en comicios anteriores.
La retórica política desde el más alto cargo del país ha agravado esa preocupación. “Encontraron miles de votos en Nueva Jersey donde se permitió votar a extranjeros indocumentados. Miles y miles de votos”, dijo Trump durante un discurso en Georgia en julio. PolitiFact determinó que no existen datos federales ni estatales que respalden esa afirmación de Trump.
Se estima que 25 millones de ciudadanos naturalizados son elegibles para votar en las elecciones intermedias, unos comicios clave que podrían modificar el equilibrio de poder en el Congreso de Estados Unidos, donde actualmente los republicanos controlan tanto la Cámara de Representantes como el Senado.
Alrededor del 33.2% de los ciudadanos naturalizados con derecho al voto eran hispanos en 2024. Hoy enfrentan niveles históricos de xenofobia y deportaciones masivas que han afectado principalmente a los latinos. A pesar del temor, muchos siguen motivados para votar en Estados Unidos, algunos por primera vez y por razones profundamente personales.

“¿Para qué?”
Rocio Gallegos, una madre de 55 años que ha vivido en Estados Unidos durante más de tres décadas, simplemente no sentía la necesidad de obtener una nueva nacionalidad. Eso fue hasta que comenzó a preocuparse por su situación migratoria como residente permanente.
La sensación de seguridad que por años había experimentado al vivir en Estados Unidos con una tarjeta verde comenzó a desvanecerse mientras percibía declaraciones cada vez más agresivas de Trump contra los inmigrantes cuando anunció su segunda candidatura presidencial.
‘“No’, dije, ‘yo necesito hacerme ciudadana, porque sí me va a mandar (Trump) para México’”, narró Rocio. “Y, literalmente, yo no me puedo ir a México, porque tengo a Valeria que depende de mí … depende de todos los cuidados médicos al máximo que hay aquí”.
Sentada dentro de la casa, a unos pasos de la puerta principal, en el suroeste de Tucson, Valeria Gallegos tiene la mirada fija en un rompecabezas. Lleva puesto un vestido amarillo, su cabello negro, lacio y a la altura de los hombros luce recién peinado, y su copete enmarca sus ojos verdes.
Es mediados de octubre. El intenso calor del verano finalmente comienza a ceder en el sur de Arizona y la mamá de Valeria, Rocío, está decorando la casa para el otoño. Desde una bocina se escucha una canción de Camilo Sesto, el cantante español que alcanzó la fama en México y América Latina durante las décadas de 1970 y 1980.
Valeria tiene 32 años y nació con espina bífida, una condición que ocurre cuando la columna vertebral y la médula espinal no se forman por completo durante las primeras semanas del embarazo.
Valeria fue la principal razón por la que su mamá, Rocío, decidió convertirse en ciudadana estadounidense hace dos años.
Rocío salió de México a los 18 años, la edad mínima para votar en ese país. Al igual que Gabriela, tampoco confiaba en el sistema electoral de México.
El próximo 3 de noviembre, Rocío planea votar por primera vez en su vida.
Sin embargo, todavía no sabe exactamente cómo votar en Arizona. El proceso de naturalización la preparó para comprender la historia y los valores que defiende Estados Unidos, explica, pero no para hacer escuchar su voz a través del voto.
Originaria del estado mexicano de Chihuahua, que colinda con Texas y Nuevo México, Rocío conoció a su esposo, Joel Gallegos, hace más de tres décadas, en Nebraska. Joel es de ascendencia mexicana, nacido en Estados Unidos. Aquí tuvieron a Valeria y después a su hijo Aminadab.
“Yo duré 28 años con la residencia (permanente)”, dice Rocío. “Yo estaba renuente. Yo no me quería hacer ciudadana. Decía, ‘no, ¿para qué? No lo necesito’”.
Renovó la residencia dos veces y en cada ocasión recibió una extensión de 10 años. “Ya iba por la tercera”, dice.
Los datos muestran que la larga permanencia de Rocío como residente permanente, aunque superior al promedio, no es un caso aislado.
México ocupa el primer lugar entre los países de origen de los nuevos ciudadanos estadounidenses, seguido de India, Filipinas, República Dominicana y Vietnam. Al mismo tiempo, los mexicanos encabezan la lista de solicitantes que pasaron más tiempo como residentes permanentes legales antes de naturalizarse, con un promedio de 10.9 años, según las estadísticas federales de inmigración de 2022.
Un estudio del Pew Research Center de 2017 encontró que los inmigrantes mexicanos con residencia legal permanente estaban entre los menos propensos a convertirse en ciudadanos estadounidenses. Se estima que para 2015, el 67% de los inmigrantes legales que podían solicitar la ciudadanía estadounidense ya se había naturalizado, en comparación con apenas el 42% de los inmigrantes mexicanos elegibles.
Además, un análisis de 2026 del Migration Policy Institute muestra que el 34% de los inmigrantes mexicanos eran ciudadanos naturalizados en 2024, en comparación con el 51% del total de inmigrantes en Estados Unidos.
Casi todos los inmigrantes mexicanos con residencia permanente que participaron en el estudio de Pew dijeron que eventualmente querían convertirse en ciudadanos. Sin embargo, al igual que Gabriela, muchos mencionaron su dominio limitado del inglés como una preocupación. Otros señalaron el costo de la solicitud y la falta de tiempo como obstáculos.

“Tienes que hacerte ciudadana”
En el este de Tucson, otra mujer mexicana, madre y emprendedora, ha pasado años buscando un equilibrio entre sus derechos y sus obligaciones como residente de este país.
En el interior de Delicias de Michoacán, una tira de luces LED moradas conduce hacia paredes color lila. Tres pantallas iluminadas muestran el menú de antojitos mexicanos, entre ellos elotes y raspados. Es mitad de la jornada laboral y Magda Barragán está sentada en una de las mesas del centro. Lleva el cabello recogido; su delineador negro, bien definido, y sus cejas arqueadas le dan una apariencia meticulosa.
En el televisor se ven las noticias en español. Magda viste una camiseta con el nombre del negocio de Tucson que comparte con su esposo. Recuerda qué la llevó a convertirse en ciudadana estadounidense.
Uno de los momentos decisivos ocurrió durante un encuentro con una agente fronteriza en Nogales. Magda, que entonces era residente permanente, intentaba entrar a Estados Unidos desde México con unos carritos de servicio para su negocio de comida, pero una agente no le permitió cruzar con ellos.
“”Realmente la oficial se portó muy mal conmigo. Me dijo, ‘porque no quiero’. Y regrésate para México”, cuenta Magda.
Al día siguiente, su esposo, ciudadano estadounidense, fue por los carritos y pudo cruzarlos sin ningún problema.
“Desde ahí mi esposo me dijo: ‘Es que tienes que hacerte ciudadana’, porque nunca va a ser lo mismo si eres residente (a) si eres ciudadana”, dice.
Pero el camino de Magda hacia la ciudadanía y, eventualmente, hacia el voto había comenzado décadas atrás.
Originaria de Guadalajara, Jalisco, se mudó por primera vez a Estados Unidos en 2001 junto con su esposo, quien nació en este país. La familia vivió entre California, Texas y México antes de regresar a Estados Unidos a finales de 2013. Después de varios intentos por establecerse, incluida una breve estancia en Wisconsin, finalmente se instalaron en Tucson, donde vivía el padre de su esposo.
“Tomamos la decisión de quedarnos aquí porque mis hijos ya también estaban en la escuela, estaban creciendo,” dijo Magda. “Yo siempre le decía a él que tratáramos de darles la oportunidad a nuestros hijos de que aprendieran inglés y que tal vez en un tiempo más adelante nos podíamos regresar”.
Magda tiene ahora 42 años. Obtuvo la residencia permanente en 2015. Cuatro años después, ella y su esposo abrieron Delicias de Michoacán, aprovechando la experiencia de su familia en el manejo de neverías en México.
Cuando llegó la pandemia de COVID-19, su negocio apenas tenía seis meses de haber abierto. Cuenta que tuvieron dificultades para ser aprobados para los apoyos gubernamentales: primero porque el negocio era muy nuevo y después, según le dijeron, porque ella no era ciudadana estadounidense.
Le parecía injusto que pudiera operar un negocio registrado y pagar cuotas estatales y federales, pero aun así enfrentara restricciones para acceder a los apoyos disponibles.
“Todos pagamos impuestos, ¿verdad? O sea, parejo. No te van a preguntar si tú tienes un estatus legal y tienes un negocio, tienes que pagar impuestos”, dice.
Esas experiencias se quedaron con ella. Otro impulso llegó durante un seminario de desarrollo personal, cuando un expositor animó a los residentes permanentes de larga trayectoria a buscar la naturalización en lugar de seguir renovando sus tarjetas verdes.
Había llegado el momento. Magda se inscribió en clases de ciudadanía y las complementó con videos de YouTube. Estudió historia y gobierno de Estados Unidos, así como las preguntas que tendría que responder en el examen de educación cívica.
Solicitó la ciudadanía en abril de 2023, cinco años después de haber reunido los requisitos para hacerlo, y completó el proceso de naturalización ese otoño. Recuerda que su entrevista fue sorprendentemente breve. El oficial de inmigración le hizo seis preguntas de educación cívica, pero dedicó buena parte de la conversación a preguntarle sobre su negocio de helados, por ejemplo, si los productos eran caseros y si utilizaba fruta local.
Este noviembre, Magda planea votar en persona. Su preferencia responde, en parte, a sus preocupaciones sobre la integridad electoral influenciadas por sus experiencias en México, aunque subrayó que no está diciendo que los mismos problemas ocurran en Estados Unidos.

Viejas dudas, nuevos temores
La desconfianza de Rocio hacia las elecciones ahora se extiende a los dos países en los que ha vivido: México y Estados Unidos.
“¿De qué sirve que yo vote, si de todos modos el gane se lo van a dar a quien ellos quieren o van a trabajar entre el mismo gobierno”, cuestiona.
Su percepción coincide con las observaciones de Linda López-Stone, directora sénior de MomsRising, una organización nacional que trabaja en temas que afectan a las familias, los niños y las madres, incluidos la inmigración, el cuidado de la salud y el cuidado infantil. López-Stone ha viajado a Tucson para promover la participación electoral entre las mujeres latinas.
López-Stone dijo que uno de los factores que ha identificado y que afectan la participación electoral de las ciudadanas latinas recién naturalizadas en Estados Unidos es la desconfianza hacia los sistemas electorales de sus países de origen.
“Vienen con muchas ideas de sus países sobre cómo funciona el voto, pensando que el voto no es seguro”, dijo.
Agregó que las personas que votan por primera vez consideran que el proceso es sumamente complicado, algo que Rocío y Gabriela también destacaron.
López-Stone identificó un tercer factor que podría afectar la participación electoral de las ciudadanas latinas recién naturalizadas: el miedo.
“Existe el miedo de ir a votar por el tema de ICE. (Las personas) piensan que pueden tener la presencia de ICE debido a perfilamiento racial, y ya sabemos que más de 500 ciudadanos han sido detenidos”, dice, en referencia a los datos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

Encontrar su voz en las urnas
Tres años después de obtener la ciudadanía estadounidense, Magda se prepara para votar en sus primeras elecciones intermedias. Votó por primera vez en las elecciones presidenciales de 2024, una experiencia que enfrentó con la misma determinación de aprender que la había ayudado a convertirse en ciudadana.
“No fui a votar nada más por votar”, dice.
Para Magda, convertirse en ciudadana estadounidense significa mucho más que obtener el derecho al voto. También significa tener mayor voz en las decisiones que afectan a su familia, su negocio y su comunidad, incluidas las personas que no pueden votar.
La ciudadanía ya ha cambiado la manera en que su familia participa en las elecciones. Lo que comenzó como una decisión para protegerse a sí misma y a su negocio se ha convertido en una oportunidad para participar en la vida cívica y animar a su familia a hacer lo mismo.
Su experiencia refleja una tendencia más amplia entre los votantes latinos naturalizados, un segmento cada vez mayor del electorado estadounidense cuya participación política está marcada por sus experiencias migratorias, las presiones económicas, el cuidado de sus familias y el sentido de responsabilidad hacia sus comunidades.
Se proyecta que el número de latinos con derecho a votar en todo el país llegue a casi 40 millones en 2026, un aumento de 5.2 millones, o 16%, desde 2022, dijo Mark Hugo Lopez, director de investigación sobre raza y etnicidad del Pew Research Center.
Aunque la mayor parte de ese crecimiento proviene de jóvenes latinos nacidos en Estados Unidos que alcanzan la edad para votar, los inmigrantes recién naturalizados, como Rocío, Gabriela y Magda, representan alrededor del 20% del creciente electorado hispano.
Y una vez que se convierten en ciudadanos, dijo Lopez, históricamente los inmigrantes latinos han votado en mayores proporciones que sus contrapartes nacidas en Estados Unidos. Una de las razones para naturalizarse es obtener beneficios como el Seguro Social.
“Y parte de eso es votar”, dijo Lopez.
Defensores de los derechos políticos, funcionarios electos y líderes comunitarios entienden que, mientras más personas se naturalicen, más personas podrán votar e influir en los resultados, especialmente en estados competitivos como Arizona, con una numerosa población latina.
“Esta es otra fuente de posibles votantes para los grupos latinos que buscan activar y movilizar a los latinos”, dijo Lopez.
Sin embargo, Lopez señaló que los datos federales muestran una marcada disminución en el número de inmigrantes que se convierten en ciudadanos estadounidenses por naturalización desde el inicio de la administración Trump.
Un informe de la Escuela de Asuntos Públicos Luskin de UCLA encontró que los tiempos de procesamiento de las solicitudes de naturalización han aumentado considerablemente, mientras que las aprobaciones mensuales han disminuido 83%, de un máximo de 88,000 en abril de 2025 a menos de 16,000 en agosto de 2026. Los investigadores relacionaron la disminución con cambios en el proceso de naturalización.
“Los datos que ha reportado el gobierno federal sugieren que hay menos naturalizaciones porque están haciendo más verificaciones de antecedentes”, dijo Lopez. “Así que creo que tenemos una pequeña disminución debido al nuevo proceso”.
La National Partnership for New Americans fue más allá y, en un comunicado de prensa de octubre, alegó que las demoras son deliberadas y forman parte de “un aparente esfuerzo por negar sus derechos civiles y electorales a personas que de otro modo serían elegibles”.
Magda dice que lo que la motiva a votar es su interés en las políticas que afectan a los adultos mayores, la atención médica, las escuelas y los inmigrantes. En las semanas previas a las elecciones de noviembre, revisó las propuestas electorales de Arizona. Primero leyó sus textos y después buscó información adicional en YouTube y en otras páginas de internet.
Durante años, Magda vivió en Estados Unidos, crió a sus hijos, pagó impuestos y construyó un negocio sin poder emitir un voto. Ahora, como ciudadana naturalizada, puede influir en las políticas locales, estatales y federales. Y quiere que otras personas reconozcan el valor de esa oportunidad antes de que sufran las consecuencias de una decisión en la que no participaron.
Su perspectiva está marcada, en parte, por las conversaciones que mantiene con los clientes de Delicias de Michoacán en Tucson. Muchos se han convertido en rostros conocidos durante los siete años que lleva el negocio. Otros propietarios de pequeños negocios, dice, le han contado que ha sido un año económicamente difícil.
“Nos afecta a todos. No es nada más a unos cuantos. Es como el efecto dominó, pues va cayendo algo, vamos cayendo todos”, dice.
Magda anima a sus tres hijos a tomarse el voto en serio. Considera que la participación cívica requiere más que registrarse o presentarse en las urnas. Los votantes deben entender, dice, cómo sus decisiones pueden beneficiar o perjudicar a sus vecinos.
“Deberíamos implementar más de la cultura en la votación en nuestros hijos, porque cuando ya sean mayores de edad, ellos son el futuro”, dice Magda. “Si no les enseñamos es como un caminito, es como una rueda. Si le das vuelta, va a dar vuelta y si no, pues ahí se va a quedar y ellos tampoco les van a enseñar a sus hijos”.
También ha notado que sus clientes hablan más de política y que más personas preguntan cómo registrarse para votar. Los materiales electorales que llegan en español, dice, facilitan que los votantes conozcan a los candidatos y las propuestas.
Magda cree que demasiadas personas comienzan a prestar atención a la política solamente cuando una decisión del gobierno las afecta directamente. Quiere que eso cambie, particularmente entre los votantes latinos, a quienes anima a informarse más y participar.
“Porque mucha gente no lo hacen ni aunque sean ya estadounidenses, no se informan, de cómo de verdad podemos decidir pues por las leyes que hay”, dice. “Más sobre todo con todas estas cosas pues que han estado pasando, que probablemente a mí no me afecten en nada lo personal, pero le afectan a la comunidad. Entonces, todo eso de alguna manera nos afecta a todos en general. ”.

“Un esfuerzo colectivo”
Magda dice que su esposo, quien nació en Estados Unidos, nunca ha mostrado mucho interés en votar. Después de convertirse en ciudadana, ella comenzó a animar a su familia a participar en las elecciones y adoptó la costumbre de revisar juntos las boletas y las propuestas electorales.
García Bedolla, profesora de Berkeley, dijo que ha observado comportamientos similares entre las votantes latinas naturalizadas, quienes suelen abordar el voto como una responsabilidad compartida y reunirse con familiares o amistades para conversar sobre las propuestas y los candidatos antes de emitir sus votos.
“Particularmente las mujeres han convertido el voto en un esfuerzo colectivo”, dijo García Bedolla.
Actualmente, las mujeres representan la mayoría de las personas que se convierten en ciudadanas estadounidenses. En 2024, representaron alrededor del 55% de las naturalizaciones en todo el país, de acuerdo con datos federales de inmigración. Ese cambio también se observa entre los distintos grupos étnicos.
“La mayoría de los latinos que se están naturalizando en este momento son mujeres, y eso realmente representa un cambio”, dijo García Bedolla. Históricamente, las familias daban prioridad a las solicitudes migratorias de los hombres, pero esa tendencia ha cambiado a medida que más mujeres emigran de manera independiente, explicó.
Lisa Magaña es profesora de la Universidad Estatal de Arizona y estudia la política latina y la inmigración. Describe este proceso como socialización política, en el que las relaciones familiares y los hábitos dentro del hogar influyen en la decisión de participar o no en las elecciones.
Para los ciudadanos recién naturalizados, esa influencia puede extenderse a familiares que han tenido la ciudadanía toda su vida, pero que rara vez han ejercido su derecho al voto. Aunque los votantes latinos naturalizados son cada vez más importantes en las elecciones estadounidenses, los investigadores advierten que no deben considerarse un solo bloque político.
“Los latinos no son un grupo homogéneo”, dijo Magaña, quien agregó que sus preferencias políticas varían según la región y el país de origen. En Texas, donde predominan los republicanos, hay muchos latinos republicanos, señaló. En Florida, los puertorriqueños tuvieron más probabilidades de votar por Harris, mientras que la mayoría de los cubanoamericanos apoyaron a Trump.
En las elecciones presidenciales de 2024, Donald Trump logró avances significativos entre los votantes hispanos: recibió 48% de sus votos, en comparación con 36% en 2020, según un análisis del Pew Research Center. Kamala Harris recibió 51% del voto hispano, por debajo del 61% que obtuvo Joe Biden cuatro años antes.
Sin embargo, esos cambios se debieron principalmente a diferencias en la participación electoral y no a que los votantes cambiaran de partido. Entre los votantes hispanos elegibles que participaron en 2024, pero no en 2020, el 60% apoyó a Trump, mientras que muchos de quienes habían apoyado a Biden en 2020 no acudieron a votar.
Lopez dijo que esa distinción es importante para analizar las preferencias políticas de los latinos, que varían según el origen nacional, la generación, los ingresos, la educación y la historia migratoria.
Los votantes latinos podrían desempeñar un papel importante en las elecciones intermedias de este año, especialmente quienes apoyan a los candidatos demócratas, ya que muestran mayores niveles de participación e interés en votar que en 2022.
De acuerdo con el Pew Research Center, el 77% de los votantes latinos demócratas dice que “realmente importa” qué partido gane el control de la Cámara de Representantes, frente al 58% registrado en 2022. Además, el 53% dice estar extremadamente motivado para votar, en comparación con el 41% de hace cuatro años, y el 45% afirma haber pensado mucho en las próximas elecciones, casi el doble del 24% que dijo lo mismo en 2022.
Para los ciudadanos naturalizados, el panorama político también está cambiando.
Una encuesta de octubre de 2026 realizada por el Centro de Políticas de Inmigración de Estados Unidos de la Universidad de California en San Diego y la National Partnership for New Americans encontró que el 74% de los votantes hispanos naturalizados registrados encuestados se sentía menos seguro respecto a su ciudadanía que hace unos años. Además, el 85% dijo que las medidas de control migratorio de la administración Trump habían ido demasiado lejos.
La encuesta incluyó a 1,000 ciudadanos naturalizados registrados para votar en todo el país, de los cuales casi la mitad eran hispanos.
García Bedolla dijo que los temas migratorios pueden tener especial importancia para los votantes latinos porque plantean preguntas sobre el lugar que ocupan en la sociedad estadounidense, incluso cuando otros asuntos influyen más directamente en su vida cotidiana.
“La inmigración me dice cómo piensas de mí”, dijo. “Lo que sientes respecto a la inmigración me dice si crees que pertenezco aquí”.
Las preocupaciones económicas también ocuparon un lugar destacado. Entre todos los encuestados, el 78% calificó los precios de los alimentos como extremadamente o muy importantes para sus decisiones electorales, seguidos por la atención médica y los costos de vivienda, con 75% cada uno. Entre los participantes hispanos, el 56% dijo que la situación económica de su familia había empeorado durante el año anterior.
A pesar de la atención que reciben los votantes naturalizados durante las temporadas electorales, la encuesta encontró que el 65% de los participantes no había recibido ningún contacto de un partido político, candidato u organización comunitaria para hablarles sobre el voto.

Trabajar, emprender y después votar
Rocío y Gabriela quieren ejercer por primera vez su derecho al voto en Estados Unidos. Pero dicen que se sienten perdidas ante la cantidad de información que necesitan encontrar y procesar. Y buscar respuestas mientras atienden sus vidas ocupadas puede ser difícil.
Rocío dice que, antes de convertirse en ciudadana estadounidense, no había prestado suficiente atención al sistema electoral porque sabía que no podía participar.
“Hoy tengo ya dos años como ciudadana y veo las elecciones de una manera diferente”, dice. Aunque su principal motivación es poder seguir cuidando a su hija, Rocío no cree que sea ético preocuparse solamente por los asuntos que podrían afectarla personalmente.
“¿Cuál es el caso de hacerte ciudadana si no vas a pelear por tener una mejor calidad de vida tanto para ti como para tu familia, como para los migrantes, como para las demás personas?”, reflexiona.
García Bedolla dijo que esa motivación es común entre los inmigrantes naturalizados que ha estudiado. La ciudadanía puede ofrecer una sensación de seguridad, pero también la oportunidad de defender a familiares y vecinos que no pueden votar.
“Las personas sienten cada vez más, debido a la manera en que las medidas de control migratorio están afectando a las familias y la vida de la gente, que si tienen la oportunidad de naturalizarse y votar, deberían hacerlo para poder hablar en nombre de quienes no pueden”, dijo García Bedolla.
Rocío planea utilizar su voto como una forma de expresarse. Simplemente está tratando de informarse y entender la boleta electoral: averiguar cómo elegir entre nombres que no reconoce, cargos que no comprende y propuestas sobre las que todavía no sabe nada.
Lo que más le preocupa a Rocío es “principalmente el costo de vida, la economía, porque cada día es más difícil para muchas familias salir adelante”, así como el acceso a los servicios de salud y el endurecimiento de las leyes migratorias.
“Yo creo que la mayoría de las personas que estamos aquí no somos malos, venimos a trabajar, venimos a a luchar el día a día”, agrega.
Reconoce que la inmigración es un tema complicado. No se opone a que existan reglas claras.
“Se necesita realmente encontrar un equilibrio,” dice. “Pienso que las leyes deben respetarse también y que el país tiene derecho a tener una frontera segura, pero también creo que las personas deben ser tratadas con dignidad y humildad”.
Su esposo, Joel, tiene un negocio de construcción. Su hijo Aminadab, de 24 años, a veces lo ayuda, aunque pasa la mayor parte del tiempo estudiando en la Universidad de Arizona y Pima Community College.
Rocío recuerda que Aminadab y su padre solían conversar sobre cuál sería el mejor camino para el futuro del país. Eso fue hace dos años. A Aminadab le atraían los planes económicos de Trump. Le interesaba la política y las elecciones presidenciales eran un tema frecuente de conversación en casa. Pero llegaron las elecciones y Aminadab no se registró para votar.
En los meses previos a las elecciones intermedias de este año, Aminadab dijo que quería seguir los pasos de su mamá y votar por primera vez. Sin embargo, no alcanzó a registrarse antes de la fecha límite del 5 de octubre.

Gabriela también ha estado muy ocupada.
No solo aprobó su examen de ciudadanía el año pasado, sino que, después de trabajar casi 10 años en el servicio de limpieza de hoteles y como conserje en una escuela de Tucson, solicitó un puesto de asistente de maestra. El trabajo le daría la oportunidad de trabajar con niños con necesidades especiales en una escuela del Distrito Escolar Unificado de Tucson (TUSD, por sus siglas en inglés).
Una vez más, al igual que cuando presentó el examen de ciudadanía estadounidense, le preocupaba que su “inglés básico” fuera un obstáculo. Consiguió el puesto después de la primera entrevista.
Como madre soltera, Gabriela comienza su día alrededor de las 6 a.m.
Deja a sus hijos en la secundaria y la preparatoria, se va a trabajar, espera a que terminen sus actividades extracurriculares y regresa a casa alrededor de las 6 p.m. Cuando tiene tiempo antes de la cena, se reserva una hora para ella y sale a caminar con una amiga hasta la cima de Tumamoc Hill.
Incluso con su nuevo puesto en una escuela local, sus ingresos no son suficientes para cubrir sus gastos. Como muchos empleados escolares que eligen esta opción, a Gabriela le retienen una parte de cada cheque de pago para que pueda recibir su salario durante los 12 meses del año.
“Los sueldos están por el piso y las cuentas por el cielo”, dice.
Para aumentar sus ingresos, Gabriela está buscando nuevamente un trabajo nocturno en el sector de la limpieza, donde dice que nunca imaginó trabajar cuando vivía en México. En su país natal también trabajó en una escuela.
El segundo empleo probablemente sería un turno nocturno, de 10 p.m. a 2 a.m., lo que le dejaría solo cuatro horas para dormir. Dice que ya ha trabajado en esas condiciones y agrega que muchos de sus colegas educadores en Tucson tienen trabajos adicionales o un segundo empleo.
Con sus agendas saturadas, tanto Gabriela como Rocío dicen que agradecerían tener un mejor acceso a recursos que les proporcionen más información sobre cómo funciona el sistema electoral estadounidense.
Ni Rocío ni Gabriela saben en qué distrito congresional viven, quién es su supervisor del Condado de Pima ni quién las representa en el Concejo Municipal de Tucson. Tampoco conocen las propuestas incluidas en la boleta electoral.
Cuando Gabriela abre su boleta, encuentra algo inesperado: sus materiales electorales incluyen descripciones de las propuestas en español y una guía para votantes que también puede leer en su primer idioma. “Yo pensé que venía solamente en inglés”, dice.
Cuando Rocío abre su boleta, descubre que en Estados Unidos existen más de dos partidos políticos, entre ellos el Libertario, el Verde y No Labels.
Rocío cree que la preparación para la ciudadanía de las personas naturalizadas debería incluir menos historia y más capacitación sobre cómo votar.
“Hay muchos hispanos que literalmente no entendemos nada deesto. Por ejemplo, en las boletas aparecen senadores, esto y aquello. No es como en México; es completamente diferente. Y para mí, personalmente, es difícil de entender porque es la primera vez que voy a votar. Pero no hay nadie que te explique o te oriente”, dice. “Entonces te quedas con una interrogante, sin saber qué se supone que debes hacer”.
“Creo que voy a empezar a estudiar”, dice Gabriela, con esa amplia sonrisa que parece acompañarla siempre.

“Mamá, no pasa nada”
Además de cuidar a su hija, Rocío tuvo un negocio de limpieza durante varios años, pero lo puso en pausa a principios de este año. En enero, Valeria se sometió a una cirugía —la número 40 de su vida, según Rocío—, esta vez de la vesícula. Su recuperación tomó varios meses.
Ahora, Rocío se prepara para emprender nuevamente. Está elaborando mermeladas artesanales bajo el nombre Delicias de la Vida, que planea vender en mercados comunitarios y tiendas. También está capacitada como técnica de extensiones de pestañas y está acondicionando una habitación de su casa para atender a sus clientas.
Rocío dice que aprende de Valeria. “Ella me motiva”.
Ella “me ha enseñado a vivir con el dolor, a afrontar las cosas tal como vienen, y me recuerda: “Mamá, no pasa nada”
Sentada a la mesa y presumiendo las bonitas uñas que Rocío le había arreglado, Valeria no pierde detalle de la conversación de su mamá sobre el voto y el futuro de ambas.
“Ella entiende todo lo que estoy diciendo”, dice Rocío, con la mirada fija en su hija.
Con paciencia, Valeria espera a su mamá para que juntas puedan terminar un nuevo rompecabezas, algo que hacen casi todos los días, a veces durante cuatro o cinco horas seguidas.
Por la noche, Valeria cantará karaoke con su papá. Juntos rendirán homenaje a algunos de sus artistas favoritos: Yuridia y Vicente Fernández.
“Eso es lo que más disfruta”, dice Rocío, mientras rápidamente vuelve a meter en el sobre verde claro la boleta electoral de su esposo, con el nombre de él escrito al frente.
“Vamos a ver si él la entiende”, dice sobre su esposo, un ciudadano estadounidense que nació con el derecho al voto.